Islas Aran

No esperaba volver tan pronto. Como viene siendo costumbre, los fines de semana largos (en Irlanda eso quiere decir el primer lunes de cada mes, con excepciones) se convierten en la excusa perfecta para perderse por la isla. No está tan mal comunicada, excepto si quieres ir a los famosos acantilados de Moher por tu cuenta. En ese caso, es hora de 1) alquilar un coche o 2) hacer malabares. En nuestro caso, la operación para llegar hasta allá en transporte público fue la siguiente: tren desde Dublín a Galway a las 07:35, llegada a Galway a las 10 y, media hora después, enganchar con el (¡único!) autobús del día a los acantilados a las 10:30. A las 12, ya estábamos allí otra vez. Dado que esta vez nos alojábamos en Doolin (una aldea a unos 10 minutos en coche de los acantilados), teníamos garantizado un servicio de vuelta a las 7 de la tarde. Dejamos las bolsas más pesadas en la «oficina» e iniciamos la ya conocida caminata a lo largo de los acantilados. No llegamos hasta el final, pero sí nos acercamos al punto en el que dejábamos de agolparnos con turistas, con las vacas como compañeras omnipresentes y las gaviotas que aleteaban inutilmente contra el viento.

Me reitero: para disfrutar estos sitios, es mejor viajar fuera del horario de un tour.

No obstante, la novedad del viaje para mí fue conocer las islas Aran. Son tres islas en total a las que se puede acceder bien a través del puerto de Doolin (desde donde también parten los tours en barco a los acantilados que, según tengo entendido, impresionan bastante) o del puerto de Rossaveal. Nuestro recorrido en barco incluía una pequeña parada para pasear por Inishmaan – la isla mediana – y estancia de un día en Inishmore – la isla más poblada, con 800 habitantes -. El último tramo del viaje en barco fue algo difícil, por decirlo de algún modo. No lo recomendaría para la gente que se marea fácilmente. De hecho, me alivió bastante pisar tierra firme después de media hora dando vueltas por el temporal.

Debido al tiempo, pensábamos que pasaríamos el resto del día en el apartamento que habíamos alquilado para pasar la noche. Por suerte, la lluvia amainó y quedó una espesa niebla que cubría toda la isla. Para muchos, no era el tiempo ideal para salir a pasear; para mí, era la hora ideal para tomar fotografías. Recargamos fuerzas con un almuerzo-merienda y empezamos a pasear. Yo no soy buena orientándome (soy un estereotipo, en ese sentido), así que me limité a seguir al grupo y sacar fotos. Bordeamos la isla hasta llegar a nuestro objetivo: la colonia de focas. La mejor opción para moverse es alquilar una bicicleta, de las que se pueden encontrar de sobra en el puerto. Nosotros no quisimos arriesgarnos a quedar atrapados en algún diluvio y caminamos… A lo tonto, nuestro recorrido fue aproximadamente de 10 km. Dadas las circunstancias, se agradecía llevar una cámara y objetivo más ligeros colgados al cuello.

Pasear por la isla te da una sensación un tanto extraña. De paz, supongo. Cuando nos alejamos del puerto, caminamos por la carretera sin apenas coches, personas o turistas. Solo vacas, caballos y algún que otro ciclista.

A la mañana siguiente, nuestro ferry partía rumbo a Rossaveal a las 12 de la mañana. A pesar de estar reventados del día anterior, quisimos aprovechar el tiempo que nos quedaba y contratamos un «tour» rápido por la isla. La narración del guía era, cuanto menos, curiosa. Con un tono de voz medio aburrido y medio neutral, señalaba los principales atractivos de la isla: la tienda de los jerseys, el supermercado, el banco (abierto solo dos días a la semana), la oficina de correos, la comisaría (con 3 policías en total). Uno de cada. Me quedé con ganas de preguntarle por el médico de la isla.

Llevaba tiempo buscando (más bien, esperando) una alternativa más ligera para las salidas fotográficas, en especial las menos planeadas. Estuve a un paso de comprar la x100s pero, finalmente, me decanté por la Fuji X-E1. No tenía pensado invertir en un sistema nuevo, pero nunca está de más tener la posibilidad. Más adelante, probaré a combinar la cámara con algún objetivo Nikon. Por el momento, tengo que aprender a acostumbrarme a un sistema casi nuevo por completo. No tiene mucho sentido compararla con la D7000; ambas tienen sus ventajas e inconvenientes. Evidentemente, el autofoco no va a ser igual de rápido que una DSLR, pero para el tipo de fotografía que realizo, tampoco me molesta. Los archivos RAW son lo suficientemente versátiles y no he tenido problema ninguno procesándolos con LR. Me gusta tener lo indispensable a mano (velocidad de obturación y dial de diafragma), aunque es un poco incómodo cambiar el punto de enfoque. El visor electrónico, aunque nítido, se me hace raro. Y así empieza la curva de aprendizaje: olvidándome de las comodidades de la D7000 y partiendo desde cero.

Como viene siendo costumbre, el tiempo irlandés se adapta a todo tipo de situaciones. Este fin de semana, hemos disfrutado de algo parecido a la primavera (sol y temperaturas aceptables). Hoy, siendo lunes, vuelve el cielo emcapotado y la lluvia incesante. Casualidad curiosa: las primeras fotos que hice con ambas cámaras fueron durante primavera, en un país extranjero y con uno de mis sujetos preferidos… ¡Cisnes! (Y gansos, y patos…)

Stephen's Green

Paseando por Grafton Street, además de los habituales músicos y actuaciones improvisadas, nos encontramos con varias asociaciones benéficas dedicadas al cuidado de perros abandonados en Dublín. Teniendo en cuenta las famosas carreras de galgos que se celebran asiduamente en Shelbournne Park, no es coincidencia que la mayoría de estos perros sean de dicha raza. Esta es Milly, de Dogs Aid Animal Sanctuary.

Dogs Aid Animal Sanctuary

Thomas

Sigo intentando perder el miedo a pedir permiso para hacer fotos. Puede parecer una nimiedad, pero el primer impulso es pasar de largo (o, peor: esconderte para conseguir la foto). De vuelta de los acantilados, hicimos una parada rápida para ver el dolmen de Poulnabrone, cuyos orígenes se remontan al periodo neolítico. Como os podréis imaginar, es parada obligatoria para todos los tours concertados. Al bajarnos del autobús, vi a un hombre bastante pintoresco en la entrada con la cabeza agachada, concentrado en su trabajo. Eché un vistazo a su «negocio»: si se lo pedías, podía escribir tu nombre en Ogam, un alfabeto que data entre los años 400 y 600 d.C.

Entablé conversación con él. Se llamaba Thomas y había vivido 6 años en Valencia. Ni qué decir tiene que hablaba un perfecto español. Volvió porque, en sus palabras, la tierra lo llamaba.

Thomas


En Flickr: Thomas

Parque nacional de Burren y acantilados de Moher

Recurriendo una vez más a TripAdvisor, reservé un tour de medio día que incluía la región de Burren y los acantilados. Uno de mis mayores temores era acabar en un autobús de más de 50 personas. Cuando llegamos a la estación, me alivió bastante comprobar que se trataba de un autobús más pequeño, de 33 plazas. Podría haber sido mucho peor.

Antes de seguir, huelga aclarar que los acantilados se encuentran en el condado de Clare, a una hora y media en coche. ¿Lo más curioso? Llegar en transporte público desde Galway es casi misión imposible. Haciendo cálculos, resultaba más barato ir en un tour de medio día desde Galway que hacer los malabares necesarios para llegar en autobús y pagar la entrada a los acantilados. Sigo sin explicármelo.

La ruta hacia los acantilados no tenía nada que ver con la del día anterior. Como el autobús no era muy grande, nuestro guía/conductor optó por una ruta costera, llena de carreteras estrechas y bordeada por innumerables muros de piedra. Según nos comentaba el guía, estos muros son típicos del oeste y sur de Irlanda. No obstante, la característica más destacable de estos muros es que no emplean cemento para mantenerlos en pie: se trata de una construcción con piedras seleccionadas cuidadosamente a mano. Resulta muy pintoresco cuando vas por la carretera; aun así, no me quiero imaginar lo que podría suceder si te chocas de bruces con cualquiera de ellos.

Muros de piedra, Galway

Condado de Clare

Durante el camino, también hubo ocasión para alguna que otra parada fotográfica.

Galway

Galway

La primera parada concertada del tour era en el parque nacional de Burren. Por desgracia, vi más de él desde la ventana del autobús que desde fuera. Al parecer, a nuestro guía le parecía mejor idea hacer una parada grande (entiéndase 15 minutos por grande) en un solo lugar que parar varias veces en sitios distintos. Lo cierto es que creo que nos saltamos algunos de los paisajes más impresionantes del parque. Una vez más, la característica principal de este parque es… la piedra. Su nombre significa, literalmente, “lugar pedregoso”. Es un paisaje recubierto de piedra caliza que destaca por sus asentamientos arqueológicos y por albergar una flora de lo más variada, incluyendo plantas árticas, mediterráneas y alpinas. Según nuestro guía, la zona le recordaba a un paisaje «lunar».

Por último, hicimos una pequeña parada en Doolin para almorzar. Nos recomendaron uno de los (¿cuatro?) pubs del pueblillo; realmente, era más una parada obligatoria para todos los autobuses de turistas de camino a los acantilados. No estaba mal la comida, pero quizás un poco cara.

Y, por fin… Llegamos. Estuvimos una hora y media que se me pasó volando entre caminar y hacer fotos. Como era de esperar, no pude hacer todo el recorrido de 8 km durante ese tiempo. Aun así, me quedo con lo positivo: son, simplemente, impresionantes. Como suele ocurrir en estos casos, es algo que tienes que ver y vivir por ti mismo. ¿Lo peor? El muro que separa el primer tramo de los acantilados, suficientemente alto como para dificultar la vista. Entiendo que es para curarse en salud de posibles caídas desde los acantilados (no sería la primera vez que ocurre), pero el espacio que hay para pasar es ínfimo. No me quiero imaginar cómo debe ser en temporada alta. Al final, hicimos como todo el mundo: cruzamos el muro para ir más cómodos y conseguir mejores tomas.
Esta es mi visión de los acantilados. Para darles un poco de perspectiva, he intentado incluir en las fotos algunos referentes de elementos conocidos (por ejemplo, personas) y así mantener la sensación de magnitud del paisaje.

Espero que os gusten.

Bueno, sí: también se me coló alguna que otra fotografía típica de postal.

Acantilados de Moher Acantilados de Moher


En mi Flickr: Acantilados de Moher

Galway

Por fin puedo decirlo: he visto los famosos acantilados. No pensaba asomarme hasta verano (refiriéndome más al espacio temporal que al tiempo en Irlanda), pero tenía ganas y un fin de semana largo por delante. Para los turistas que no cuentan con todo el tiempo del mundo, existen tours diarios desde Dublín a los acantilados que incluyen otros puntos de interés por el camino. Mi plan ideal hubiera sido alejarme de los tours para ir a mi aire, pero no fue del todo posible. No obstante, para ir más relajados, pasamos la noche anterior en Galway. Llegar hasta la ciudad costera no es nada complicado gracias a las numerosas compañías de transporte público. Nosotros nos decantamos por GoBus al ser uno de los pocos servicios directos; además, tiene una sorpresa que siempre se agradece: Wi-Fi abordo. El precio de estos autobuses suele oscilar los 20€ por viaje. Os recomiendo visitar la web Hit The Road para investigar todas las opciones de transporte público posibles desde un punto a otro de la isla.

Después de un trayecto de dos horas y pico extraordinariamente recto, llegamos a la nueva estación de autobuses de Galway. Antes de ir, le había preguntado a una compañera del trabajo sobre la ciudad: «colorida», me respondió. Para ser sincera, no es el primer adjetivo que se me vendría a la mente para describir una ciudad irlandesa. Aun así, no le faltaba razón: el centro de la ciudad está repleto de edificios de colores vivos que contrastaban con el (¿omnipresente?) cielo encapotado. Al igual que Grafton Street, la música callejera acompañaba a los transeúntes del céntrico barrio de Latin Quarter.

Galway es una ciudad pequeña y abarcable a pie (por su tamaño, incluso más que Dublín). Durante el verano, está a rebosar de turistas de todo el mundo. Por una parte, tienen la oportunidad de conocer y pasear por esta pintoresca ciudad; por otra parte, también es el punto de partida ideal para conocer los paisajes más impresionantes y la atracción de la isla por excelencia: los acantilados de Moher. Durante el resto del año, es el hogar de muchos estudiantes universitarios extranjeros. De hecho, me dio la impresión de ser una ciudad con un ambiente bastante joven.

Seguimos caminando por el Latin Quarter hasta acabar en Nimmo’s Pier (no sin antes echar un vistazo al Spanish Arch), donde dimos un buen paseo con vistas a la bahía de Galway. Por lo que pude observar y por consejo de mis compañeros de universidad que estuvieron aquí, tuvimos suerte con el viento.

Galway Galway Galway

Al día siguiente, partimos rumbo a  los acantilados, acompañados de Galway Tour Company. Sin duda, merecen una entrada aparte.


En mi Flickr: Galway.